Sobre la resurrección del Madrid y el rebote del Barça

JUANMA TRUEBA

Morata

Para ser un experto en resurrecciones hay que serlo también en desfallecimientos. Lo señalo por todos aquellos madridistas que se lamentan por los despistes iniciales en lugar de zambullirse en la loca felicidad de las remontadas. La complejidad del Real Madrid es la de los niños superdotados que se aburren en clase. Igual que ellos, el equipo necesita desafíos extraordinarios. Como perder 2-0. Es en el filo de la navaja cuando los jugadores aguzan el ingenio y sacan lo mejor de sí mismos.

Para completar la hazaña también ayuda, naturalmente, la recuperación del juego y del hambre. O dicho de otra manera: la entrada de Isco y la inclusión de Morata. Conviene no pasarlo por alto: el celebrado once de la Undécima necesitó que el banquillo saliera en su ayuda. Sabemos que la BBC aporta pegada a cambio de posesión y deberíamos saber también que ante rivales como el Villarreal perder el balón es algo muy próximo a perder el partido. Claro que la rectificación lo disculpa todo. En relación al penalti y las desaforadas protestas del Villarreal no gastaré muchas energías, sería inútil. Tenemos que delimitar con publicación en el BOE qué manos se libran del castigo, si es que hay manos que se libran, y definir el ángulo de apertura legal de las axilas. Hasta entonces habrá lío.

En cualquier caso, algo debemos tener claro. No existe la casualidad, tampoco en la remontada más inverosímil. Lo dijo Jung, el psicoanalista suizo (como Gamper). Entre el individuo y el entorno se establece una conexión íntima que puede generar circunstancias coincidentes que él denominó “sincronicidades”. Pondremos dos ejemplos. En el primero, Luis Suárez insiste en un pase que termina por llegar a su destinatario después de un par de rebotes en jugadores contrarios. En el segundo, Messi chuta a la portería y la pelota tropieza en Savic antes de servirle, por fin, el gol en bandeja. Hablar de casualidad o derivados para explicar el triunfo del Barcelona en el Calderón es ofender a la historia y a Jung. Me resisto a creer que esos rebotes favorecieron los goles del Barça; tal vez sólo los retrasaron medio segundo o segundo y medio.

Es tentador utilizar a la suerte como justificación universal. Sin embargo, antes de alcanzar el momento de la detonación existe un proceso de acercamiento y acoso que nada tiene de fortuito. En la segunda parte, el Barcelona controló más y llegó mejor. Es esa deriva la que explica el marcador y no la foto fija del rebote o la repetición de la carambola.

Hay otra cuestión, además de la psicología aplicada, y son los buenos modales. A Messi no se le puede hablar de casualidad cuando ha marcado 499 goles en el total de su carrera, veinte en la presente Liga y 27 al Atlético en 34 enfrentamientos. Tampoco le vengan con esas al Barcelona, que no pierde lejos del Camp Nou desde octubre, cuando cayó en Balaídos.

Lo anterior no niega la igualdad máxima. Al contrario, incide en ella. Tan amordazado anduvo el partido que el desequilibrio se generó en detalles que no pueden ser entrenados. Como un rebote. O como un cabezazo de Godín al primer palo tras una asistencia de Koke. Por mucho que el Barcelona haya ensayado cómo defender las jugadas a balón parado siempre estará en desventaja; el Atlético las ha ensayado más.

Tácticamente, los entrenadores provocaron un monumental atasco en el mediocampo al hacer coincidir dos líneas de cuatro con un prudente sistema de ayudas. Carmena lo hubiera solucionado con tráfico restringido para los pares en la primera mitad y los impares después. Pero sin control municipal, el juego fue un engrudo que salpicó oportunidades aisladas para mayor gloria de los respectivos porteros.

Tampoco esto es casualidad. Oblak y Ter Stegen son representantes de la mejor generación de guardametas que ha visto el fútbol internacional en los últimos quince años y bien podríamos remontarnos veinte o treinta. Durante tres lustros, los galardones de la Federación Internacional de Historia y Estadística (IFFHS) han sido acaparados, sin apenas discusión, por Buffon (4), Casillas (5) y Neuer (4). Ahora cuesta distinguir al mejor entre el portero del Bayern, De Gea, Courtois o los citados Ter Stegen y Oblak. Tampoco olvido a italiano Donnarumma (18 años) o a Sergio Rico (23), imponentes proyectos. Y si no menciono a Keylor Navas es por no provocar algaradas callejeras.

Madrid y Barça no fueron los únicos que impusieron su inercia positiva (o “sincronicidades”). El Sevilla ganó el derbi con el mismo sistema. Conseguida la igualdad, sólo tuvo que esperar a que decidiera el viento, en este caso en forma de Iborra. Al terminar el partido, y a las puertas del hotel, Sampaoli se dejó estrujar por los sevillistas que lo esperaban. Fue un acto de comunión: el entrenador les ofreció su calva y los aficionados depositaron en ella besos, caricias, manotadas y ramos de flores. Que lo disfrute don Sampa. Ranieri le podrá contar que hasta la mayor hazaña imaginable tiene fecha de caducidad. Así es el fútbol. Tardaron 298 días en cansarse de él y ahora se pasarán la eternidad echándolo de menos.

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