Resaca en Riazor y domingo de Ramos (otro)

JUANMA TRUEBA

Denis Suárez

Habían transcurrido apenas cuatro días de su hazaña cuando los jinetes del Apocalipsis perdieron en Riazor. No sabemos si al Barça le pasó factura el esfuerzo de la remontada o el jolgorio de después. Muy probablemente ambas cosas. Cuando los jugadores quisieron hacer acopio de fuerzas comprobaron que se lo habían dejado todo entre el Camp Nou y el Puerto Olímpico. No hay aterrizaje suave después de tocar el cielo.

Decimos que el fútbol es así para quedarnos tranquilos, pero en realidad esto se lo inventó la vida o el patrón interestelar. El día después es el impuesto que pagamos por los excesos cometidos. Si en los hogares españoles no se organizan más fiestas orgiásticas es porque lo dejan todo perdido. Esa pereza de volver al mundo con una bayeta en la mano es lo que hundió al Barcelona. Y no pretendo restar méritos al ganador. El valor del Deportivo y de su técnico fue entender la oportunidad que se presentaba.

Nada odia tanto un resacoso como la agitación y el ruido, como ser desafiado a carreras constantes, sin un minuto para poner los pensamientos en orden y el café en el microondas. El último ataque al flanco débil fue un salto de Bergantiños en desigual disputa con Jordi Alba, lateral asesino, pero defensa amigo.

Es peligrosa la felicidad. Hay equipos de fútbol que sólo se estimulan cuando sienten que deben vengar una ofensa, ya sea deportiva, periodística o imaginada. A algunos entrenadores les sucede igual. También eso lo echó en falta el Barça. Desde el club deberían haber propagado un rumor que rompiera cuatro de días satisfacción absoluta. Qué se yo. Una reunión secreta del jeque del PSG con Messi o una mareante oferta de China por Luis Suárez. Habría bastado con eso para que los interesados marcaran tres o cuatro goles y se hubieran besado el escudo con fruición, incluso con lengua. Ese fue el primer pecado del Barcelona: saltó al campo sin nada que corregir.

En los alrededores del Bernabéu se entiende mejor la utilidad de los servicios de inteligencia. Zidane sorprendió en la previa contra el Betis al afirmar que “el Real Madrid molesta”, lo que es tanto como denunciar una conspiración que cada cual compondrá a su medida.

Sobre el campo, y contra el Betis, la polémica fue de más a menos. Mateu, el árbitro anarquista, dejó sin expulsar a Keylor, lo que hubiera sido un castigo menor para el portero. El costarricense se hizo mucho más daño poco después, cuando metió dentro de la portería un balón que ya tenía parado; De Gea ya es tan inevitable como el verano. Cristiano empató de cabeza y la entrada de Benzema aclaró el panorama porque jugar es saber ocupar el espacio. El gol del triunfo lo marcó Sergio Ramos en el 81 (algo temprano) y ya hay quien asegura que el defensa y Sergio Llull podrían ser la misma persona con diferente peluca o con disfraz de tatuajes.

A falta de once jornadas para la conclusión, la experiencia cuenta tanto como el fondo de armario y los galones se ordenan por cicatrices. El Atlético lo demostró en Granada. Allí jugó uno de esos partidos de economato que consigue trasladar a su rincón. Por esa esquina apareció Griezmann en el minuto 84, cuando su rival ya se había hecho ilusiones y creía, ingenuo, que la hierba es para quien la trabaja.

El empate del Sevilla incidió en la misma idea. Cuando asoman los diez últimos partidos de Liga se levanta un muro para los aspirantes sin billetera. Es un problema físico y mental que contrasta con la absoluta concentración de los adversarios que huyen del descenso. Fue el caso del Leganés en el Pizjuán. De haber ajustado el punto de mira, los madrileños hubieran conseguido una goleada terapéutica.

La Real es otro equipo que se desinfla o al menos lo hizo en el derbi vasco. Perdió por hacer regalos que no acostumbra, evidente síntoma del cansancio. El Málaga tuvo la misma tos. A pesar del chasco, Míchel no perdió la compostura y sigue tan preparado para el reto como para anunciar Nespresso.   

El apunte final es para el ciclismo. Alberto Contador afrontó la última etapa de la París-Niza con el ánimo de los campeones legendarios. Su valeroso ataque le dejó en los últimos kilómetros en compañía de dos españoles de diferentes equipos que, por supuesto, no barajaron la opción de una colaboración mutua. Contador perdió la carrera por dos segundos. Quienes se sorprenden de lo que ocurre en el Parlamento deberían ver más Eurosport. 

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