Recordación de tres poetas

EN 1918 —hace cien años— nacieron tres poetas nicaragüenses: el granadino Enrique Fernández Morales y las leonesas María Teresa Sánchez y Mariana Sansón Argüello. El primero falleció en 1982: a sus 64 años; María Teresa en 1994: a los 76; y Mariana en 2002: a los 84.

Quico

Quico, como se le conocía a nivel nacional, habitó los cinco continentes del arte y tuvo discípulos entre varias generaciones. Poemas, cuentos, minicuentos, obras teatrales y artículos brotaron de su pluma. Como poeta, asimiló la tradición judeo-cristiana y el paganismo hedónico. También cultivó la temática histórica-cívica y la epigramática, la recreación homérica y la incursión fantacientífica, la impresión viajera y la metapoética. Es considerado uno de los más logrados sonetistas y versificadores de Centroamérica. Para mí, su mejor verso es “Solo el amor detiene la violencia del tiempo”.

Fernández Morales fue el primer archivero de nuestra literatura y me estimuló a seguir sus pasos. Además, se destacó por su afición de dibujante (tuve el privilegio de presentar su única exposición en vida) y como compositor de boleros, crítico y coleccionista de arte. Poseía la mayor y mejor pinacoteca nicaragüense, integrada por más de un centenar de piezas coloniales, decimonónicas y contemporáneas. Desde 1975 se conserva en el Banco Central y constituyó la fuente principal de mi historia de la pintura y escultura de Nicaragua. 

También Quico fue promotor de la más espléndida tertulia literaria que ha existido en esta ciudad a partir delos años cuarenta y padrino del grupo juvenil Los Bandoleros, al que pertenecimos de 1962 a 1964 su hijo Francisco de Asís, el poeta carpintero Raúl Xavier García y yo; grupo con más trascendencia que cualquier otro de los años sesenta, incluyendo a la “Generación traicionada” a sí misma.

En fin, maestro decisivo y oportuno, Enrique Fernández Morales no podía dejar de consagrar a Chichí —el inventor del Festival a nivel planetario que nos ha convocado desde 2005— un poema-herencia, en el que le confía su insondable amor paterno. Así, le confiesa: “En ti viviré cuando haya muerto”, y suplicarle: 

“No me dejes morir, Tú eres mi sueño / viviendo tras de mí. El que esperaba / para quebrar mi muerte en el espejo / del tiempo. Dos veces te engendré: / renuevo de mi carne y de mi espíritu, / y más hice tu alma que tu cuerpo. // Eres la estatua hermosa que esculpí / sobre el más puro mármol, y los dioses / me la entregaron viva, porque es justo / que ella repita al fin mi nombre eterno / y sea al mismo tiempo para ti…”

María Teresa

Mujer excepcional en su tiempo —e irrepetible— fue María Teresa Sánchez, de tal manera que en virtud de su fecunda y enérgica trayectoria cultural mereció ser incluida en la obra Héroes sin fusil (1998), con el ya citado y reconocido Fernández Morales y otras seis mujeres: la profesora Josefa Toledo de Aguerri, la beata —destinada a la canonización— María Romero, la escultora Edith Gron, la museólogaCrisanta Chávez, la novelista Rosario Aguilar y la poeta Gioconda Belli.

Con su esposo Pablo SteinerJonas, María Teresa fundó en 1942 el Círculo de Letras Nuevos Horizontes que sería una tribuna progresista, abierta a todas las corrientes y modas ideológicas; un centro organizador de charlas y concursos, exposiciones pictóricas y conferencias de extranjeros y nacionales; editaba libros —entre ellos obras claves de nuestras letras—, folletos y revistas (la homónima Nuevos Horizontes, Pruebas de Imprenta y Pipil, para niños); auspiciaba recitales de piano y acogía en su sede a intelectuales de dimensión internacional, practicando una verdadera solidaridad.

El “Círculo” hegemonizó la vida cultural de Managua al menos durante un cuarto de siglo. De todas sus actividades, las más perdurables resultaron la editorial y la revista. Esta dejó de editarse en 1972. Paralelamente, ella desarrolló una valiosa y sostenida creación sobre todo en poesía y narrativa. Su libro “El hombre feliz y otros cuentos” (1957), gestado al margen del realismo dominante, contiene piezas antológicas, urbanas y modernas. Como antóloga, fue autora de una fuente que en su momento —1948— resultó muy comprensiva y hoy es todavía útil. Como biógrafa, dejó una monografía florida de amor a Darío y a Rafaela Contreras: El poeta pregunta por Stella (1967). Desarrolló, asimismo, una afición plástica: óleo, escultura, miniatura; y como poeta ocupa un alto sitial con sus coetáneos de Centroamérica: la salvadoreña Claudia Lars y la hondureña Clementina Suárez.

María Teresa Sánchez extendió su vibración centrífuga a otros países del istmo, Sudamérica y el Caribe. Visitándolos, germinó allí inquietudes creadoras. Pero es preciso subrayar que, hasta ahora, ha sido la única criatura galardonada cuatro veces con el Premio Nacional Rubén Darío: en 1945, 1948, 1957 y 1958; y en tres géneros: poesía, ensayo, cuento y en poesía de nuevo, esta vez a nivel centroamericano. De ahí que se le haya reconocido como la primera mujer de nuestras letras no solo en sentido cronológico, sino por la magnitud de su labor.

“Los hijos de Dios no tienen techo —expresó Sánchez en uno de sus poemas de contenido social— / y hambrientos, deambulan como espectros; / y tienen sed, y no hallan sombra bajo su sol. / Sobre ellos se ensaña la soberbia / de pequeños humanos dioses despóticos, / que con sus estrépitos rompen la armonía / del viento…” Por algo figura en la antología Poesía revolucionaria nicaragüense (1960), compilada por Ernesto Mejía Sánchez y Ernesto Cardenal.

Mariana

En cuanto a Mariana Sansón Argüello, al contrario de María Teresa Sánchez, no fue santa de mi devoción y, durante algún tiempo, mis compañeros generacionales la identificaron como “libélula vaga de una vaga ilusión”. Pero, oportunamente, comprendí su tardía vocación poética, instintiva e intuitiva, automática y abundante, auténtica y subconsciente.

La búsqueda y el encuentro del misterio confirmaron su orientación, teniendo de motivo esencial el tiempo y la desnudez de las cosas. Igualmente, se obsesiona por el número que descifra e interpreta. Todo ello a través de poemas breves, intensos e incontables.

Pero tuvieron escasa difusión. Apenas dos antologías se publicaron en los noventa: Zoo fantástico (1994), colección de animalitos imaginarios a quienes bautiza con sorprendentes neologismos; y Las horas y sus voces (1996). Por otro lado, coherente con su inquieta tendencia introspectiva, ejerció cierta afición plástica, trazando originales dibujos, cuyo estilo Carlos Martínez Rivas definió grafismo mágico. Elaboraba también Sansón Argüello, con sus manos de artista, unas “Pájaras-jícaras”. A una de ellas, que me obsequió, rendí tributo en este soneto no despreciable que indaga la esencia de su poesía: 

“A la fruta rastrera y peregrina / elevas tus manos caprichosas / y tornas en criaturas misteriosas / infundiéndole vida campesina. // Gracias, Mariana, por la luz divina / que irradian tus figuras vegetales, / hijas estelizadas y mentales, / emisoras de gracia y sombra fina. // Pájaras en reposo, vencedoras / del espacio, las flores y las horas, / ángeles femeninos del camino, / vestidas soledades de la Nada: / ¿Cuánto de milagrosa y mágica hada / sobrevive al naufragio del destino?”

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