La vida en los pueblos como solución a la inmigración

Por Damien Cave

PYRAMID HILL, Australia — Una niña larguirucha filipina de larga cabellera negra se encontraba parada junto a los palos de cricket detrás de la escuela St. Patrick, a la espera de que un fornido padre de familia con barba rojiza le lanzara la pelota.

La pelota de cricket avanzó lentamente. La chica bateó con rapidez y lanzó la pelota hacia el cielo mientras un grupo de niños —en su mayoría filipinos, algunos de raza blanca— vitoreaban y se abrían paso para ser los siguientes en batear.

El partido era una reunión mixta típica para Pyramid Hill, un poblado con un solo bar y alrededor de 500 habitantes en la región central de Victoria, que se convirtió en modelo de renacimiento rural e integración multicultural.

“Todavía me sorprende que sean tan abiertos como lo son con nosotros”, dijo Abigail Umali, de 39 años, una veterinaria de Manila que trabaja en una granja porcina local y cuya hija, María, era la niña al bate.

“Esta escuela no estaría aquí si no fuera por ellos”, dijo Kevin Matthews, de 36 años, el lanzador.

Los filipinos conforman ahora casi una cuarta parte de la creciente población de Pyramid Hill. Se están construyendo casas nuevas en el lugar por primera vez en una generación —y tanto los recién llegados como los residentes de toda la vida dicen haber encontrado la respuesta a las crecientes preocupaciones de que los inmigrantes sean una carga sobre los recursos de las ciudades australianas.

Se llama la vida en los pueblos.

“La gente en el campo se mezcla y necesita mezclarse”, dijo Tom Smith, un criador de cerdos que, sin darse cuenta, inició el renacimiento del poblado en 2008 cuando patrocinó visas para cuatro trabajadores de Filipinas. “Simplemente es diferente aquí; es la única forma de sobrevivir”.

El éxito de Pyramid Hill —y muchos otros poblados australianos pequeños— sugiere que hay oportunidades que son pasadas por alto. En un momento en el que los políticos en Australia, y en todo el mundo, hacen llamados para limitar la inmigración, pequeños poblados en Australia piden más inmigrantes.

“Hay una verdadera red de personas que saben cómo hacer que esto funcione, quienes hacen que funcione en su comunidad y pueden compartirlo con otros”, dijo Jack Archer, del Regional Australia Institute, un organismo del gobierno. “Es algo que deberíamos pensar en llevar a una mayor escala”.

Pyramid Hill está a 240 kilómetros de tranquilo recorrido en auto desde Melbourne, terminando con un tramo de tierras en su mayoría vacías salvo por dorados campos de trigo y ovejas grises.

La comunidad tomó su nombre en 1836 de un afloramiento rocoso de granito a las orillas del pueblo. Desde su cúspide, hay nuevos puntos de referencia visibles que dejan entrever la desesperanza local: silos de granos que ya no están en uso; una fábrica de alimento para mascotas que cerró en 2008.

Los residentes hablan de la era que precedió a los filipinos como una de desesperación callada. Calles sin niños. Casas deterioradas. La población local tocó fondo con 419 habitantes en el 2011, de 699 en los 60.

“Estábamos en graves problemas”, dijo Cheryl McKinnon, alcaldesa de Loddon Shire, el municipio que incluye a Pyramid Hill. “Necesitábamos que nuestra población creciera”.

Los economistas a menudo hablan de la inmigración en términos de un efecto multiplicador. Los recién llegados no sólo ocupan empleos, sino que los crean, al conllevar demanda para nuevos productos y servicios.

Esto resulta particularmente cierto en Australia, donde el salario mínimo es de 18,29 dólares australianos por hora (13,70 dólares) y la mayoría de los migrantes son trabajadores calificados o estudiantes.

Sin embargo, en muchas ciudades y suburbios la inmigración generó problemas con la vivienda, escuelas saturadas y tráfico. El gobierno del primer ministro Malcolm Turnbull respondió restringiendo la inmigración y manteniendo centros de detención frente a la costa para quienes buscan asilo.

Lugares como Pyramid Hill ofrecen una alternativa.

Las estadísticas del Regional Australia Institute sugieren que muchas comunidades rurales sufren no debido a la falta de empleo, sino a la falta de empleados.

Smith abordó esto al volar a Manila en 2008 para entrevistar a candidatos para empleos en su granja porcina Kia-Ora. Dos de los empleados que contrató originalmente todavía trabajan en Kia-Ora.

Umali, la veterinaria, se mudó de Sydney a Pyramid Hill hace cuatro años con su esposo y dos hijos.

,Adam Ferguson for The New York Times.A Filipino woman working at the Kia-Ora Piggery in the rural Australian town of Pyramid Hill.
Una mujer filipina que trabaja en la pocilga Kia-Ora, en el pueblo rural australiano de Pyramid Hill. (,Adam Ferguson for The New York Times)

“No creerían lo cálida que es la gente aquí”, dijo Umali. “Aprendieron a adaptarse”.

Distintas investigaciones muestran que las áreas que resucitan con más rapidez ofrecen a sus recién llegados no sólo empleos bien remunerados, sino un sentido de comunidad.

En Pyramid Hill, los vecinos se reúnen con regularidad para compartir comida y conocerse unos a otros. Una fiesta filipina se sumó al calendario de eventos anuales del poblado en 2015. El poblado recibió a los filipinos con beneplácito, en parte porque las familias llevan energía. Pero también ayuda que, al igual que la gente de la localidad, muchos son católicos y ya hablaban algo de inglés.

Los programas para asentar a migrantes con menos instrucción (o de raza negra o musulmanes) en poblados pequeños en ocasiones demostraron ser más difíciles. Incluso en Pyramid Hill, la incomodidad y falta de respeto no son algo insólito.

Duke Caburnay, de 16 años, cuyo padre trabaja en Kia-Ora, dijo que cuando su equipo juega fútbol australiano en otros poblados, en ocasiones escucha insultos raciales.

“Generalizan mucho —los asiáticos son así, los australianos asá”, dijo Fritzie Caburnay, de 46 años, la madre de Duke, quien tiene una Maestría en Administración Pública. “Algunas personas dicen que los filipinos invadieron el lugar”.

De todos modos, indicó, “aquí nos sentimos como en casa”.

El año pasado, relató Umali, su esposo estaba en Kia-Ora durante su turno habitual cuando murió repentinamente de un infarto. Tenía 44 años.

Su muerte fue seguida de una efusión de apoyo para ella y sus dos hijos, Raphael, de 12 años, y Maria, de 10. Todos los días solía llegar gente a la casa de armazón de madera que renta, sonriente y llevando comida y dinero. “Ni siquiera puedo comparar lo que me sucedió aquí con lo que habría sucedido en Filipinas”, dijo Umali. “De hecho, es abrumador”.

©2018 The New York Times

<

p class=”wpematico_credit”>Powered by WPeMatico

Related posts