La inmigración, como problema específico

Los flujos migratorios se han trasformado en uno de los principales problemas de la agenda de política exterior en buena parte del mundo. Por ello, además, ellos y sus consecuencias se han convertido en una de las cuestiones de política doméstica que genera toda suerte de divisiones y controversias, con una importante carga emotiva que tiene que ver con alimentar el crecimiento de los partidos políticos que conjugan el fervor del nacionalismo con los vicios del populismo en distintos rincones de la Vieja Europa. 
Para tener una mejor y más acabada idea de la realidad actual parece oportuno recordar cuales son los países que hoy están sometidos a mayor presión en este tema. Esto es, cuales son los que generan el mayor influjo de inmigrantes (los países receptores) y cuales los que más expulsan población (los países emisores).
El país del mundo que en la actualidad hospeda al mayor número de inmigrantes es, lejos, los Estados Unidos, con algo menos de cincuenta millones de personas (49,8 millones) que revisten ese carácter. 
Le siguen: Arabia Saudita, con algo más de 12 millones de inmigrantes; Alemania, con una cifra similar a la de Arabia Saudita; Rusia, con unos once millones setecientos mil inmigrantes; Gran Bretaña, con unos ocho millones ochocientos mil inmigrantes; los Emiratos Arabes, con ocho millones trescientos mil inmigrantes; Francia, con casi ocho millones de inmigrantes en su seno; Canadá, en una situación muy similar a la de Francia; Australia, con siete millones de inmigrantes; y España, con casi seis millones de inmigrantes en su interior.

LOS QUE EXPULSAN

Del otro lado del problema están los países que, en contracara, expulsan población. En este segundo grupo de países, el principal de todos es la India, del que, pese a su ahora vertiginoso crecimiento, han salido unos dieciséis millones de personas para radicarse en el exterior. 
En este segundo caso, le siguen: México, con unos 13 millones de emigrantes; Rusia, con unos diez millones de emigrantes, que casi equilibran el balance entre los que llegan y los que se van; China, con unos diez millones de emigrantes; Bangladesh, con algo más de siete millones de emigrantes; Siria que, asolada por la guerra, ha expulsado ya a unos siete millones de personas; Pakistán, del que han salido unos seis millones de emigrantes, en su mayoría escapando a la pobreza; Ucrania, país con un largo conflicto interno, del que ya han emigrado unas seis millones de personas; Filipinas, del que, en busca de mejores oportunidades de vida, se fueron unas cinco millones setecientas mil personas; y Gran Bretaña, de donde curiosamente salieron nada menos que casi cinco millones de emigrantes.
La gran mayoría de los emigrantes no reúne las condiciones normativas para poder ser recibidos en carácter de asilados. No son necesariamente perseguidos. Hoy, esa mayoría parecería estar conformada más bien por personas que, con esfuerzo y enfrentando toda suerte de sufrimientos, simplemente buscan encontrar la oportunidad de poder vivir una vida mejor. Para ellas y sus familias. Y parten, asumiendo todos los riesgos que la aventura frecuentemente supone, en busca de esa nueva vida, apuntando a establecerse, como sea, en los territorios de las que creen son las naciones más ricas y, para ellas, las más atractivas del mundo.

REACCIONA EUROPA

Como resultado de la ola de inmigrantes provenientes del Medio Oriente y del Norte de Africa, la Unión Europea parece haber comenzado a restringir uno de sus principios fundamentales, como es la libre circulación de personas dentro de su extenso territorio. Esto supone la reaparición de una notoria molestia, tanto para los europeos como para los no europeos: los controles de pasaportes en las fronteras, que habían prácticamente desaparecido en la última década. La libertad de circulación de personas está ahora siendo restringida y los partidos políticos nacionalistas han crecido en influencia en Roma, Viena, Varsovia y hasta en Berlín. Esto ha empujado a los partidos políticos de centro hacia la derecha, hasta en los países líderes de Europa, como Alemania y Francia. 
La llamada Zona de Schengen hoy cubre a 26 países y beneficia a 400 millones de personas. En teoría, uno puede tomar un tren en un extremo de la Unión Europea y atravesarla sin tener nunca que mostrar un pasaporte. Este derecho corresponde a los europeos y no se extiende, técnicamente, a los extranjeros que no tengan visa y se encuentren circunstancialmente en el territorio cubierto por los acuerdos de Schengen. 
Los controles fronterizos que están siendo impuestos aún en países como Alemania y Austria deben, en principio, ser temporales. Pero lo cierto es que, por ejemplo Francia, los ha reimpuesto en la frontera con Italia con el propósito de filtrar aquellos extranjeros que pretenden quedarse en la Unión Europea pese a que técnicamente no son elegibles para recibir el carácter de asilados. El tema presiona a los países del sur de Europa por donde llegan primordialmente quienes emigran desde Africa o Medio Oriente. Países como Italia o España tienen este problema en una magnitud muy superior a sus pares del norte europeo. El problema cuantitativamente más serio pareciera estar no sólo en Italia y España, sino también en Grecia. Estos últimos países, por ser los más cercanos a las zonas que expulsan población, son quienes reciben la mayor parte de la ola de inmigrantes que estalla permanentemente sobre las costas del continente europeo.
Lo grave es que la revisión de las normas en vigor puede ser una tarea imposible. Algunos de los actuales gobiernos de la Unión Europea presumiblemente no cooperarán con ella, por el temor de que, de pronto, sean obligados a recibir una cuota parte de la ola de inmigrantes muy superior a las cifras que ellos están efectivamente dispuestos a absorber.
La cuestión migratoria no parece poder resolverse en el corto plazo. Seguramente permanecerá como problema social de envergadura a lo largo de los próximos años. La generosidad inicial de países como Alemania, que abrieron los brazos a quienes escapaban de las guerras o la pobreza, ha sido cuestionada. Los partidos nacionalistas han izado la bandera de la defensa de las identidades nacionales. Con ella las puertas se han entrecerrado; las normas son interpretadas con mayor severidad y los sueños de muchos inmigrantes se transforman en objetivos con frecuencia imposibles de alcanzar. 

* Ex embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas

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