La inmigración china le cambia las caras a los neozelandeses…

No es fácil encasillar a Nueva Zelanda. Su historia y algunos residuos sociales le otorgan estatus europeo. Las calles de sus principales ciudades hacen pensar en Estados Unidos. Sus playas bien podrían encontrarse en el sudeste asiático y su naturaleza transporta a cualquier argentino a la Patagonia. En algo estamos de acuerdo: Nueva Zelanda es, sin dudas, un país diverso. Pero es también, y cada vez más, China.

La llegada al país ofrece los primeros indicios. Todos los carteles del aeropuerto de Auckland están escritos en inglés y mandarín. Los diarios de distribución gratuita se separan en dos ediciones, y el patrón es el mismo.

Algunas insignias en maorí pueden divisarse en las paredes, pero no excede lo decorativo. Es evidente que millones y millones de chinos llegan permanentemente al país y su aeropuerto está preparado para ello. Pero, si regresan, son pocos los que lo hacen con las manos vacías.

Una vista de la ciudad de Auckland, en Nueva Zelanda.
Una vista de la ciudad de Auckland, en Nueva Zelanda.

Hace tiempo que Nueva Zelanda dejó de ser un paraíso meramente turístico. Hoy el país es conocido, sobre todo, porque “se vive bien”. Figura en el top 10 de todos los índices de desarrollo humano y calidad de vida, los catálogos que promocionan al nuevo Primer Mundo. Dos semanas de visita no alcanzan para confirmarlo y, aunque no creo en la existencia de paraísos, mis interacciones con los neozelandeses no han modificado esa impresión.

Las ofertas de trabajo abundan, el salario mínimo es alto y las posibilidades para estudiar alcanzan a la mayoría. El clima, como no sucede en otros países que comparten posiciones altas en el catálogo, es agradable.

Todo indica que si naciste en Nueva Zelanda vas a poder trabajar, estudiar, tener cobertura de salud, acceder a un vehículo y alquilar una vivienda. Esto último, lo del alquiler, suele subrayarse: los costos para acceder a una vivienda son altísimos, la gran mayoría de neozelandeses no puede comprar una propiedad hasta que son mayores. Ese vacío fue llenado por una expresión popular: “Todo lo que no puedes comprar, lo compran los chinos”.

Me lo cuenta Gareth, un bartender de Mount Maunganui, un balneario ubicado a las afueras de Tauranga, lejos de las capitales. Su rutina se resume en pocos segundos: durante la mañana duerme, por la tarde anda en bicicleta y a la noche trabaja. Es feliz, dice, porque pudo elegir qué hacer con su vida. Le interesa poco la política -tiene 32 años y jamás votó en su vida- pero es consciente del avance chino.Todos los pubs de su ciudad se reparten entre un par de empresarios chinos, que además adueñan otros negocios. Jamás los vio: algunos viven en las ciudades, otros ni siquiera residen en el país.

“No me gusta su actitud, quieren hacer todo a su manera”. La conversación tiene lugar en uno de los locales del Ejército de Salvación. Dos señoras me explican su visión sobre lo que está pasando en el país -algo inédito ya que los neozelandeses hablan poco y nada sobre política, y menos con extraños. Pero la inmigración es el tema caliente en cualquier discusión.

Cada año, Nueva Zelanda recibe inmigrantes de todas partes del mundo, inclusive de América Latina. Un paisaje fascinante y un Estado de Bienestar generoso son dos condiciones suficientes para aquellos que buscan asilo en otros lugares. Y no llegan sin levantar polémica.

La última campaña para renovar el parlamento y, por consiguiente, al Primer Ministro, ofrece un buen ejemplo de eso. Conservadores y Laboristas se enfrentaron en materia tributaria, educación y otras cuestiones sociales.

Jacinda Ardern, cuyo carisma resultó la mejor carta del laborismo, se convirtió en Primera Ministra tras conformar un acuerdo de gobierno con un tercer partido, NZ First, que resume su programa en antimigratorio. Con la inmigración no hay divergencias: con la excepción del Partido Verde, todo el arco político busca frenarla.

La primera ministra de Nueva Zelanda, Jacinda Ardern (DPA).
La primera ministra de Nueva Zelanda, Jacinda Ardern (DPA).

China es uno de los países a los que más visas se le otorgan, pero sus migrantes en Nueva Zelanda se distinguen del resto. Los trabajos de poca paga, sobre todo los que requieren contacto con los clientes, son ocupados por hindúes, filipinos, samoanos y latinos, entre otros. Por eso es común para un turista tener más contacto con ellos que con neozelandeses. En cuanto a los chinos, se los puede ver caminando a las apuradas en las calles de Auckland o en manadas turísticas. Por lo demás, son invisibles. O casi.

La frontera entre Oriente y Occidente va perdiendo distancia, y Nueva Zelanda puede ofrecer un buen ejemplo de ello. Pero que a la hora de hablar del ascenso chino se subrayen las palabras invisible o silencioso no es casual.

China no ha penetrado en la cultura neozelandesa como sí lo ha hecho en su economía. Al menos no a simple vista. Nueva Zelanda mantiene una cultura anglosajona con algunos destellos maoríes, que pueden verse con claridad en minoritarios segmentos de la población y forman parte del relato de presentación del país. Para que esta frontera se termine de romper, dicen muchos, solo es cuestión de tiempo.

En una calle de Beijing, China, un vendedor de globos en el Día de San Valentín da cuenta de las influencias de Occidente en Oriente (AFP).
En una calle de Beijing, China, un vendedor de globos en el Día de San Valentín da cuenta de las influencias de Occidente en Oriente (AFP).

“Yo no tengo problema con ellos”, dice Madison, una estudiante de 23 años que trabaja part-time en una tienda de cultivo en Auckland. Me encuentro en el final del viaje y mi contacto con gente joven fue escaso: abundan los adultos.

Madison confirma mi teoría de que se discute poco sobre política y asegura que en los campus universitarios la tolerancia a los inmigrantes es mayor. En cuanto a los demás, entiende el atractivo del discurso antimigratorio en un país como el suyo. Y aclara que ya son mayoría.

“Los chinos son diferentes a los demás: son inteligentes y trabajan duro. Una vez que compran nunca venden. O sea que eso nunca va a volver para Nueva Zelanda; les pertenece a ellos”, explica Gareth.

Ni bien termina la frase, agarra su cerveza y se reclina hacia atrás.

“Ya es demasiado tarde. China ha tomado el mando”.

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