La estadounidense que también se fue a México por una deportación (la de su esposo)

LOS ÁNGELES, California.– Hace tres años, luego de pasar varios meses separada de su esposo Rafael Valdez, a quien deportaron a México en enero de 2014, Elizabeth tomó una decisión que sus conocidos aún cuestionan. La estadounidense dejó su país y se mudó a Zacatecas para que su familia estuviera unida.

Ahora ella es azafata de una aerolínea en Estados Unidos y vuela a Zacatecas apenas termina su jornada. Así trata de estar el mayor tiempo posible con Rafael y sus dos hijas, Catalina de 5 años y Maya de 10. Esos momentos en familia se acaban tres o cuatro días después, cuando tiene que regresar a los aviones y su ausencia por el trabajo puede extenderse hasta 10 días.

“Tomé la decisión de mudarme para acá porque era importante estar con mi familia”, dice Elizabeth en una entrevista telefónica con Univision Noticias desde Zacatecas. “Cuando tenía a las niñas en Estados Unidos y Rafael estaba aquí, él no las veía tan seguido. Era muy difícil. Creí que era importante que estuvieran con sus padres, estar en familia lo más posible”.

El caso de Rafael tiene dos aristas: por un lado, expone que también la pasan mal los anglosajones cuyas parejas han sido expulsadas del país; por otro, retoma el mayor escándalo que en meses recientes ha enfrentado el Servicio de Inmigración y Aduanas (ICE) en Seattle, Washington.

Lo segundo porque el proceso de deportación de este mexicano lo revisó Raphael A. Sánchez, un funcionario acusado de robar la identidad de inmigrantes para defraudar a compañías de tarjetas de crédito.

La Fiscalía federal alega que entre octubre de 2013 y octubre de 2017 Sánchez usó indebidamente la información de al menos siete inmigrantes.

Paul Cook, abogado de Rafael Valdez, cree que su cliente también fue una víctima de fraude y por eso está pidiendo que su caso sea reabierto. “A Rafael se le debe permitir regresar a Estados Unidos, darle asilo y llevar su caso bajo el debido proceso”, advirtió Cook, quien recuerda que habló directamente con Sánchez para mostrarle por qué su defendido tenía que permanecer al lado de su familia.

“Le dije: ‘No puedes deportar a Rafael porque es un padre, es trabajador, lo arrestaron por un pequeño incidente’. Y Sánchez dijo: ‘Lo siento, no hay nada que pueda hacer para ayudarte’”, contó el abogado.

Finalmente, Rafael, convicto por conducir bajo los efectos del alcohol, fue expulsado a México en septiembre de 2013.

“Siento que me deportaron”

Elizabeth, quien nació en Washington hace 43 años, hizo todo lo posible para que sus hijas no se sintieran apartadas de su padre. Cuando lo deportaron a México ellas tenían 10 meses y 5 años de edad. Vivieron unas semanas con él en Zacatecas, a pesar de que la menor dejó de ser amamantada.

“Siento que me deportaron y a mis hijas también, es traumático”, dice Elizabeth, quien en marzo de 2015 consiguió un empleo como azafata en la aerolínea SkyWest. Ahora su base laboral está en Los Ángeles, acercándola a su familia en México. Pero un tiempo estuvo en Illinois y Colorado.

Según ella, la administración de Barack Obama la puso entre la espada y la pared. “No tuve otra opción más que estar con mi familia y dejar Estados Unidos”, señala.

Sobre la acusación que pesa contra el funcionario de ICE que revisó el proceso de su marido, ella señala que confía en que esto pueda ayudar a los que por su culpa terminaron lejos de sus familias. “Espero que no sea muy tarde para nosotros y para otros; para que se rectifiquen los casos”, dijo.

Para el abogado Cook, las más afectadas en este caso son las hijas de esta pareja que se casó en 2006. “Las pusieron en el dilema de vivir con su padre en México o quedarse sin él en Estados Unidos. No es justo . Ellas deben tener a sus dos padres y vivir en EEUU si así lo desean”, comentó.

De la ciudad al campo

Cuando Elizabeth trabaja al otro lado de la frontera, Rafael, de 42 años, se encarga de sus hijas. Él aprovecha el tiempo en que las niñas están en la escuela para trabajar en un taller de carpintería que está en su casa, elaborando puertas y muebles a sus vecinos. Y en la temporada de cosecha también siembra maíz en las tierras que le heredó su padre.

“Es difícil estar en esta situación porque mis hijas extrañan a su mamá. Es una decisión que el gobierno tomó a la ligera”, dice Rafael, quien emigró a EEUU por primera vez en 1996, aunque se quedó a vivir de manera permanente desde 2003 y hasta su deportación en 2013.

Él asegura que en un tiempo tuvo tres trabajos para ofrecerle algo mejor a su familia. La suerte le cambió en 1999 cuando lo detuvieron manejando ebrio y empeoró en 2009, cuando una parada de tránsito de la Policía lo dejó expuesto a ser deportado por ICE.

“Merezco otra oportunidad, todos la merecemos”, reflexiona y agrega que regresó a una ciudad que ha cambiado a lo largo de la última década: ahora hay tiroteos y asesinatos. No era así.

“De repente aquí se escuchan balaceras. Yo no salgo. Voy de la escuela de mis hijas a la casa. Ahí me encierro”, comenta. Sin embargo, sigue creyendo que sus hijas están mejor en México: “Nomás teniendo a sus dos padres son felices. No les importa si estamos aquí o allá”, dice.

Su esposa coincide en que su familia unida puede salir adelante en cualquier lugar. Aunque ella aún no se adapta a su nuevo hogar. Allá los vecinos que no le hablan y ella no quiere hacer nuevas amistades sin saber a qué se dedican.

“Cuando llegué tenía miedo”, recuerda Elizabeth. Ahora sabe que no siempre ni en todos lados ocurren incidentes violentos en México. “Tomamos precauciones, estamos atentos de lo que pasa alrededor. No manejamos en la noche, no visitamos lugares que no conocemos”.

Los hijos y esposos de la deportación

No hay una cifra precisa sobre cuántos estadounidenses tienen un esposo que ha sido deportado. Pero un estudio que la organización American Families United (AFU) publicó en septiembre de 2017 concluye que al menos 350,000 ciudadanos estadounidenses (una cifra que cataloga de conservadora) están casados con personas que enfrentan “graves problemas” con las autoridades migratorias. Esto es entre el 8% y 15% de 4.4 millones de nacidos y naturalizados de EEUU cuyas parejas nacieron en el extranjero.

La mayoría de estos matrimonios viven en California (entre 70,000 y 131,000 parejas), Texas (entre 40,000 y 75,000), Florida (entre 30,000 y 57,000) y Nueva York (entre 27,000 y 50,000).

“Los ciudadanos estadounidenses no deberían verse obligados a elegir entre su matrimonio y su país”, dijo Kim Anderson, presidenta de AFU.

Por su parte, un informe del American Immigration Council publicado en mayo pasado señala que más de ocho millones de ciudadanos viven con al menos un miembro de la familia que es indocumentado.

Las deportaciones de sus familiares, alerta el análisis, tienen “graves repercusiones físicas, emocionales, de desarrollo y económicas en los niños que se quedan atrás”.

Los efectos: esos menores son más propensos de tener problemas de salud mental, como depresión, ansiedad y angustia psicológica severa tras la detención y deportación de uno de los padres.

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