Entre dos legados

El nuevo presidente de Colombia, Iván Duque, asume el cargo luego de haber escenificado en pocas semanas cambios sustantivos a su discurso electoral. Lo hace presionado por la otra parte de Colombia que demanda un presidente para todos y, por los hechos, que exigen una alta cuota de realismo.

Antes de la segunda vuelta ya había suavizado su principal mensaje, referido a los acuerdos de paz con las FARC, firmados por el expresidente Juan Manuel Santos, cambiando su oferta de suprimirlos –hacer trizas de ellos– por reformarlos. En su primer discurso ha anunciado que las modificaciones a dichos acuerdos buscarán que las víctimas sean el centro del proceso y se garantice verdad, justicia y reparación y la no repetición.

El nuevo presidente ha procesado otros cambios al inicio de su gestión, que no pasan desapercibidos. El más importante es su pronunciamiento contra la revancha y, al mismo tiempo, la búsqueda de la unidad nacional. Duque se hace cargo así del primer problema que tiene por delante, que es la extrema polarización de la sociedad colombiana, un encono que se debe principalmente a la renuencia de los grupos conservadores no solo a aceptar la paz sino también la pérdida de sus privilegios. Solo habría que recordar que en lo que va del año fueron asesinados en ese país más de cien líderes sociales.

Otros temas que Duque abordó en su mensaje fueron la seguridad ciudadana y la administración de justicia. En ambos casos tendrá igualmente que luchar contra los extremos generados por su propia candidatura, como el caso de su promesa de suprimir la posesión de droga de los consumidores habituales, por lo que fue acusado de pretender exterminar a los drogadictos en lugar de combatir a los carteles de la droga.

El nuevo presidente no estará presionado por los resultados macroeconómicos. Los estimados indican que este año el PBI colombiano crecerá el 2,7% y el año próximo, el 3,3%, en un contexto de mejora de los comodities de origen colombiano. No obstante, su gobierno no tendrá luna de miel: los movimientos sociales darán batalla en defensa de la paz, contra la impunidad de los crímenes del paramilitarismo y en favor de políticas sociales para la inclusión. Colombia es el país más desigual de Sudamérica, y el nuevo presidente es reconocido como promotor de un modelo al que se adhieren los grandes poderes económicos.

Duque tiene ante sí dos legados cuya incidencia en su gobierno debe administrar. El primero es el legado de Santos, que debe superar dialécticamente porque es evidente que no lo puede recusar en su totalidad. El otro es el legado del expresidente Álvaro Uribe, su mentor y, al mismo tiempo, propietario de la agenda vencedora de las elecciones. Es también el líder del partido de gobierno, el Centro Democrático, y el vigilante más firme de un mensaje que atrae a un sector de colombianos y que tiene el rechazo del otro. Duque sabe que no puede ser Santos –a cuyo gobierno combatió sin denuedo–, pero tampoco parecerse mucho a Uribe.

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