Cuando cien niños suspendieron un amistoso Argentina-México

MÉXICO — Jugaba México en Argentina, caso atípico para el Tri. Sólo había un antecedente, en 1962 cuando perdieron 1-0 en el estadio de River Plate. Situémonos entonces en 1984.

La selección se preparaba para el Mundial de 1986 bajo el mando de Velibor Bora Milutinovic. Entonces, como ya estaba calificado, el siguiente paso era encontrar partidos de fogueo de alto nivel. Se concretó una gira por Sudamérica y el Caribe haciendo paradas en Buenos Aires, Santiago, Montevideo y Puerto España.

Pablo Larios era el portero titular y recuerda el viaje como una experiencia nueva, “algo novedoso porque nosotros no estábamos acostumbrados a viajar a esa parte del mundo. A Argentina la habíamos enfrentado en Los Ángeles y México y ahora íbamos a su casa, había nervio y expectación”.

El partido como sucedió en este 2018, no despertó euforia entre los sudamericanos que ni siquiera ponían a su selección como garantía de grandes resultados. Se jugaría en la cancha de Vélez Sarsfield, el José Amalfitani, en Liniers, al suroeste de Buenos Aires. Hubo una entrada regular, unas 19 mil personas que no sabían exactamente qué esperar de un equipo mexicano sin lustre ni curriculum.

“Fue un partido duro, trabado, con poca técnica. Nosotros teníamos una columna vertebral ya definida y para esta clase de juegos, Bora ponía siempre a los mismos: Amador, Trejo, Quirarte, Boy, España, Negrete, Flores… a lo mejor cambiaba una posición, pero ya nos conocíamos”, confesó Larios quien recuerda también que el equipo nacional se sintió presionado por el público y el escenario.

El juego fue totalmente olvidable, una actuación desprolija de Argentina y aburrida de México. Carlos Salvador Bilardo preparaba a su equipo sin Diego Maradona que tres meses antes, en julio, había firmado con el Nápoles debido a la suspensión de la liga española por la pelea que inició en el partido Barcelona-Athletic de Bilbao.

Entonces, echó mano de futbolistas como Ricardo Gareca, que anotó el gol de cabeza en el primer tiempo a Larios, “un descuido porque fueron tres tiros de esquina consecutivos y remató en el área chica”, rememora el arquero; estaba también Jorge Burruchaga, Óscar Ruggeri, Óscar Garré, Ponce y Ubaldo ‘Pato’ Fillol que estaba prácticamente de salida de la selección, sólo jugaría dos partidos en 1984 y cuatro más en 1985.

“Pude intercambiar sueter con él, hablar un poco y nada más, fue difícil porque el partido se interrumpió de una manera inesperada”, relata Larios.

Aquí viene algo que marcó el punto de quiebre. México había empatado por medio de Luis Flores y la silbatina durante casi 20 minutos del segundo tiempo era por el parco espectáculo ofrecido. Entonces, comenzaron a verse pequeñas siluetas corriendo por los alrededores de la cancha como si persiguieran a unos ladrones. El partido siguió a pesar del movimiento.

Ya sin antifaz, cientos de niños entraron al campo a interrumpir el partido, corriendo, saltando, riendo, hartos de un juego sin sentido y pensando más en convertir la cancha en un parque de diversiones. Iban de lado a lado, jugueteando como en el recreo, corriendo transversalmente, otros se metieron a las porterías y unos más se acostaron en el césped. Luego bajaron adultos y se tomaron fotos con ellos y el árbitro al minuto 42, mandó a todos a los vestidores porque no había necesidad de continuar. Javier Aguirre le tendió la mano como agradecimiento.

“No nos sentimos en peligro ni mucho menos, eran niños, corrían y reían, pero eran cientos que no sabías por donde pasar. Yo traté de buscar a Fillol en el campo, lo que era imposible, fue hasta después que pude verlo en los vestidores. Con la cancha llena de niños fue como recuerdo que acabó esa aventura en Argentina”, finaliza Pablo Larios.

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